kubyz' blog
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Bueno despues de unos problemas el canal #esquizofrenia de IRC-Hispano ha sido clausurado.
Se ha abierto otro en su lugar con el mismo fin. Su nombre: #eskizofrenia en IRC-Hispano.
Perdonen las molestias los usuarios de #esquizofrenia pero entrando en este otro canal se encuentran mas o menos los mismos usuarios de siempre. Bueno espero que sea de su agrado.
Desde Esfera Esquizo damos todo nuestro apoyo al nuevo canal #eskizofrenia.
Bueno eso es todo.
Saludos gente!.
No hay mejor forma de explicar una que enfermedad que haciendolo a través de los sentidos de quien la padece. Por eso animo a todo el que quiera conocer experiencias de pacientes neuropsiquiátricos a que visiten la acogedora web de www.e-squizo.es
Hola ,
Se sabe que muchos de los enfermos recién diagnosticados de una enfermedad mental y también sus familiares suelen buscar información sobre sus dolencias y la mejor forma de llevarlas en Internet si disponen de acceso a La Red.
Bien he dado con un lugar que trata las enfermedades mentales con mucho respeto , explicando muchas cosas de forma que todos los no médicos podamos entender. Sin más os dejo el enlace al weblog :
Espero que les sirva de ayuda. Saludos!.
Es un debate televisivo serio sobre la esquizofrenia, tratado por dos psiquiatras y dos periodistas. Un programa de una televisión on-line libre.
En éste enlace pueden ver el programa.
Espero que aquellos que no saben que es la esquizofrenia comprendan un poco más de ésta enfermedad.
Saludos.
“La locura es un sueño del que se puede despertar”
Al volante de su propio coche, John
Nash, de 81 años, muestra el campus de la Universidad de Princeton, que
mantiene todo el encanto de sus tradicionales casas de piedra, sus
iglesias góticas y sus árboles centenarios. “Aquella torre de ladrillo
rojo es el mítico edificio Fine –explica el conductor–, acogió a los
mejores matemáticos del mundo. Y allí al fondo, observen, es el nuevo
edificio que nos ha construido Frank Gehry.” Al llegar a su modesto
despacho, en la puerta, hay enganchada una nota escrita a mano:
“Admirado profesor Nash, somos Isabelle, Nancy y Meredith, tres
estudiantes universitarias de Sydney, de 20, 21 y 23 años, de viaje a
Nueva York, y que nos hemos desplazado hasta Princeton tan sólo para
conocerle. Por favor, si tiene un momento, llámenos por teléfono al
número (…), nos haría muy felices conocerle, no sabe cuánto. Le
admiramos”. Debajo del papel cuadriculado, hay un fotomatón de las tres
chicas, bellas y sonrientes, en la flor de la vida.
El profesor
Nash, como si estuviera acostumbrado a estas cosas, arranca el papel,
lo arruga en su puño y lo lanza a la papelera, mientras balancea su
cabeza y exclama: “¡Ay, ay…! Esto me sucede por culpa de la película…
Deben de estar enamoradas de Russell Crowe”.
Muy a su pesar,
Nash es una celebridad mundial desde que, en el año 2001, se estrenó
Una mente maravillosa, la película en la que el australiano Russell
Crowe interpretó su papel: el de un prestigioso científico que cae en
el pozo de la esquizofrenia paranoide, una de las enfermedades mentales
más terribles que se conocen, se recupera de ella milagrosamente tras
25 años de locura y, en su nueva etapa en el mundo de los cuerdos,
obtiene nada menos que el Nobel de Economía.
Esa es la vida
prodigiosa de John Nash. Nadie lo diría viendo su aspecto desamparado,
sus esporádicos tics, su extraña lógica que le hace dar vueltas una y
otra vez a cuestiones fútiles… En cualquier caso, este anciano es, para
algunos, uno de los mayores científicos que ha dado la humanidad desde
Einstein, y sus trabajos, que reducen la complejidad del comportamiento
humano a ecuaciones matemáticas, han servido de base para notables
avances de la inteligencia artificial, para estudiar las relaciones
económicas o incluso para las negociaciones de desarme nuclear entre
Estados Unidos y Rusia. Una vez recoge a los periodistas del Magazine
en la estación de tren, junto a su esposa, Alicia, una ex alumna suya
nacida en El Salvador, insiste con vehemencia en ir a comer huevos
estrellados a su restaurante favorito, una cafetería decorada con fotos
de los ilustres alumnos que ha tenido esta universidad, desde el actor
James Stewart al ex secretario de Estado George Shulz, pasando por la
actriz Brooke Shields o el astronauta Charles Junior.
¿Le gustó la película sobre su vida?
No
reconozco mi vida en ese filme. Me parece una buena obra… de ficción.
El libro en que se basa, la biografía de Sylvia Nasar sobre mí,
contiene algunas inexactitudes, la película las acentúa todavía más e
incluso introduce elementos nuevos, como alucinaciones visuales, que yo
jamás experimenté, pero que entiendo que quedan muy bien en pantalla.
Pueden tomarse libertades, claro, aunque para mí sea algo duro de
digerir. Con Sylvia Nasar, que es una mujer con muchas cualidades, me
sentí decepcionado porque me había prometido que, cuando tuviera
redactado el libro, me lo daría a leer antes de su publicación, por si
hubiera cometido algún error y este pudiera ser rectificado antes de la
imprenta. Ese era el pacto. Y se lo saltó. No leí nada hasta que estuvo
en la calle, ella lo atribuyó a las prisas del editor. Pero yo creo que
es porque había errores y exageraciones que ella sabía que no aceptaría.
Se refiere a sus relaciones amorosas con otros hombres, a su antisemitismo y a su mal papel como padre, ¿no?
He
aprendido que es mejor no entrar a discutir ciertas cosas. Pero no soy
homosexual. Respecto a lo de antisemita, si se toman afirmaciones que
hice en mi periodo de demencia, puedo ser cualquier cosa, claro está.
Lo curioso es que la propia Nasar me ofreció al principio que
hiciéramos el libro a medias y yo rehusé, le respondí que yo era parte
interesada y no me sentía capacitado para revivir algunos momentos muy
dolorosos. Me conformaba con echar un vistazo a su texto y hacerle mis
observaciones. Alguien debió de contarle esas cosas, pero su obligación
era contrastarlo, para que su obra no se convirtiera en un libelo.
¿Se ve a usted mismo como un genio? ¿Esta palabra tiene algún significado para usted?
Es
agradable sentir que los demás te perciben como poseedor de un cerebro
excepcional. Eso es el concepto de genio, algo social, habla de cómo te
ve la gente. No es un término preciso, que defina algo que posees
realmente, sino simplemente una categoría en la que la sociedad en que
vives, en un momento determinado de la historia de la humanidad, te ha
clasificado. Es una palabra bonita, claro, algo que me halaga, una
especie de piropo, pero que no designa una cualidad objetiva.
¿Cuándo tuvo conciencia de ser más listo que los demás?
Desde
el momento en que empecé el bachillerato ya me pasaba horas leyendo las
enciclopedias para saber más cosas, quería saber cada vez más y más:
temas de medicina, de astronomía, de zoología, de física y química…
Ningún niño de mi edad hacía eso. No era un niño prodigio, no sacaba
buenas notas y tenía problemas de conducta, pero acribillaba a mi padre
con preguntas sobre electricidad, geología, climatología...
Usted conoció a Einstein…
Sí.
Era más o menos como uno se espera tras haber leído algunas cosas sobre
él: con aquel pelo enmarañado y esa claridad intelectual... Hubo un
tiempo en que vivimos en la misma calle y nos veíamos, pero él iba en
una dirección opuesta, y yo nunca sabía cómo abordarle. Una vez fui a
verle a su despacho con algunas objeciones a sus teorías, me escuchó
atentamente durante una hora y, al final, me dijo: “Tendría usted que
estudiar un poco más de física, joven”. La teoría de la relatividad fue
el mayor descubrimiento de su tiempo. Pero su motivación para hacer las
cosas era muy política, era un alemán que huyó de los nazis y estuvo
muy comprometido con la bomba nuclear, con la idea de un gobierno
mundial, con el Estado de Israel… Su carrera científica, tan brillante
y llamativa, vino impulsada en gran parte por circunstancias
extracientíficas. No es mi modelo en eso.
¿Cómo está su hijo John, que padece esquizofrenia?
También
es matemático y también está enfermo. Es duro, a veces hablamos de lo
que le dicen sus voces, de lo que me decían las mías, del tipo de
alucinaciones. Experimenta momentos buenos, en los que le retornan las
capacidades, y otros malos, en los que sufre brotes.
Entre
el desorden de su despacho, hay una foto en la que aparece usted con
todo el equipo que entrenó al ordenador Deep Blue antes de que venciera
a Kasparov.
Sí, me llamaron a entrenar a ese Deep Blue.
Algunas de mis teorías se incorporaron a la máquina, yo soy fan de Deep
Blue y de la inteligencia artificial, por supuesto. Cuantos más
comportamientos humanos conseguimos sintetizar en ecuaciones, más fácil
es introducir esos rasgos en una máquina.
¿En qué trabaja exactamente ahora?
Sólo
hago investigación, ya no imparto clases, sobre cuestiones de la teoría
de juegos. Intento analizar cómo funcionan las relaciones entre la
gente, las bolsas, los movimientos de las empresas…, basándome en la
racionalidad y la conducta humana, que se expresan muy claramente en
los juegos. Profundizo en mis teorías sobre el conflicto racional y la
cooperación. Sé que, estadísticamente, hay pocos científicos que hayan
hecho grandes aportaciones a partir de los 66 años, pero en mi caso,
como he interrumpido mi actividad creativa durante 25 años a causa del
trastorno, tal vez pueda ser una excepción. Conozco granjeros que
trabajan a los 100 años, ¿por qué no yo?
Le llaman conservador.
Mmm…
Confundir las aportaciones de la ciencia con la ideología política no
es un procedimiento correcto. Mi trabajo como científico es contribuir
al conocimiento general de cómo nos relacionamos entre nosotros. En
cierto sentido, es como lo que hacía Maquiavelo en El príncipe, no es
que aquellos fueran sus principios morales, es que se limitaba a
describir cómo funcionaba la política de su época. Mis teorías intentan
explicar, en el campo político, cómo funcionan las cosas de verdad.
Pero, en estos temas, todos somos muy ingenuos: la gente clasifica a
unos como buenos y a los otros como malos, satanizándolos, y, a partir
de ahí, basa todas sus opiniones. Si yo analizo cómo se negocia a
partir de movimientos de amenaza, no estoy afirmando que la amenaza sea
moralmente buena o mala, estoy observando que se da en el trato entre
personas y explico cómo funciona.
Pero usted es
reivindicado por los conservadores, o por los liberales, por su defensa
del individualismo y de un cierto egoísmo con efectos positivos en la
comunidad.
No hay que confundirse, yo no soy fiel a ningún
partido. No soy culpable de las manipulaciones interesadas que otros
hacen de mis principios científicos. Simplemente he descrito a través
de ecuaciones cómo un conjunto de individuos en el que cada uno intenta
obtener su máximo beneficio o eficacia pueden acabar comportándose de
una manera en que todos salgan beneficiados. Les voy a escribir una
fórmula mía en la pizarra: ¿ven?
Ejem, ¿qué significa?
Es
el comportamiento de tres personas que cooperan entre sí, aunque en
realidad ellos están en un plano de competición. Esto es lo que han
llamado el equilibrio de Nash: cómo un juego no cooperativo puede
desembocar en un punto de equilibrio en el que todos ganan. Antes, se
decía que para que uno gane otro ha de perder.
¿Obama es algo nuevo?
Sí.
Es un gran cambio. No propiamente una revolución, porque ha accedido al
poder siguiendo escrupulosamente los procedimientos constitucionales y
no ha llevado a la cárcel al gobierno anterior, ¿verdad? Es una persona
que ha provocado una apertura y creado un nuevo juego, con unas nuevas
normas, pero sin heridos ni muertos. Su intención es realizar algunos
cambios profundos, para los cuales no sé si está este país preparado.
Usted obtuvo el premio Nobel de Economía tras haber superado su enfermedad. ¿Cuál es la lección?
En
términos de enfermedad mental, mi historia contiene una clara lección:
la locura es un sueño del que se puede despertar. Y no es una cuestión
de tomar los medicamentos correctos. Si te atiborras de pastillas, no
te recuperas y acabas dependiente de esas medicinas, te conviertes en
un adicto a los medicamentos.
Pero es muy peligroso dejar de medicarse…
Hay
que estudiar seriamente en cada caso concreto cuál es la alternativa a
los medicamentos. En la esquizofrenia paranoide, es muy importante la
edad en que se declara, la profesión, los años que tenía el enfermo
cuando le vino la primera crisis… Mucha pastilla no es buena, aunque a
veces al principio no hay alternativa. Con los años, podríamos
encontrar una droga mejor para la esquizofrenia, que funcionara como la
que toman los enfermos de tuberculosis, y entonces sería perfecto,
todos defenderíamos la droga. Pero, en las enfermedades mentales, no
hemos avanzado mucho y, todavía hoy, los medicamentos crean muchos
problemas. Es más: los mismos diagnósticos no están claros, porque hay
cosas que no son exactamente esquizofrenia o trastorno bipolar sino que
presentan elementos de ambas, como mi hijo. Es todo muy reciente, la
palabra esquizofrenia data tan sólo de 1908. Estadísticamente, no es
tan raro que alguien deje de padecer una enfermedad mental y vuelva a
razonar de un modo normal, como a mí me sucedió. Antes sucedía
muchísimo más, cuando no existían los tratamientos médicos, cuando no
se medicaba a los enfermos con drogas tan fuertes…, había más casos de
retorno. Lo que nos dicen las estadísticas es que, desde que se inició
el tratamiento con drogas hasta hoy, no ha aumentado el porcentaje de
personas que se recuperan de las enfermedades mentales hasta un punto
en el que puedan vivir sin drogarse. La sociedad considera aceptable
drogar a los enfermos de esquizofrenia, que vayan medio dormidos y que
engorden de modo considerable. Pero no es algo tan bueno si se mantiene
por un periodo de tiempo muy alto, porque si cada vez gana usted más
peso eso va a repercutir desfavorablemente en su salud, tendrá
problemas cardiovasculares y una vida más corta.
Usted ha
vivido los momentos más altos tanto en el pensamiento racional como en
la irracionalidad. ¿Cómo ha vivido ese contraste?
Hubo un
momento en mi vida en que pasé del pensamiento racional y científico al
pensamiento alucinatorio propio de mi trastorno. Durante mi locura,
sentía que había sido investido de una importante misión; del mismo
modo que Mahoma era el profeta de Alá y transmitía sus mensajes, yo me
veía a mí mismo como mensajero de alguien superior, en un mundo repleto
de partidarios nuestros y también de enemigos, que me perseguían. Creía
que el Papa de Roma y los comunistas conspiraban contra mí. Creía
recibir mensajes cifrados de los extraterrestres a través de las
páginas del The New York Times, me fui a Europa pidiendo asilo
político. Caí enfermo en 1959 y me divorcié de Alicia en 1963, aunque
nos volvimos a casar en el 2001; yo, gracias al Nobel, ya tenía una
buena posición…
Pero ¿cómo se curó? ¿solo?
Ignorando
las voces. Las oía, pero llegó un momento en que ya no les hacía caso,
hacía con empeño otras cosas. Me harté del pensamiento irracional y lo
combatí con fuertes dosis de pensamiento racional: hacía cálculos,
operaciones, etcétera. Decidí rechazarlas: “Ya podéis hablar, ya, que
yo voy a lo mío”. La consecuencia de ignorarlas como si fueran un sueño
fue que al final desaparecieron.
Usted dijo que “la cordura es una forma de conformidad”. ¿Lo sigue creyendo?
Sí,
lo es. Cordura tiene que ver con ser normal, es decir, ser como los
demás. Si cordura es normalidad, locura significa anormalidad, los
libros de psicología señalan eso. Y normalidad y conformidad son
conceptos extraordinariamente cercanos. La conducta normal es una
conducta conformista. Yo he vuelto al pensamiento racional científico,
afortunadamente, pero ello no es una fuente de alegría similar a la del
ciego que recupera la vista porque también me doy cuenta de que el modo
en que nosotros razonamos ahora impone unas limitaciones notables en
cuanto a la conexión de uno mismo con el cosmos.
Las personas que hacen grandes cosas ¿no son nunca normales?
Existen
diferentes grados de anormalidad. No podemos considerar meramente la
anormalidad como un síntoma de excelencia. Yo, por ejemplo, si no me
hubiera salido tanto de la norma, a lo mejor no habría enfermado, pero
también es cierto que existe una conexión clara entre la anormalidad y
el pensamiento creativo. No habría sido tan buen científico sin ello.
Uno puede tener una vida exitosa y ser absolutamente normal, mediocre.
No fue el caso de Van Gogh, ¿verdad?
¿Qué consejo daría a los jóvenes estudiantes?
Que
encuentren la felicidad en realizar la actividad académica en sí, que
esta no dependa de los resultados, a menudo tan pendientes del azar y
de elementos que escapan al control de una persona. En mi caso, uno de
los descubrimientos que me hicieron ganar el Nobel no me sirvió en su
día ni para obtener una plaza de profesor. Y les diría que se
arriesguen, porque en la ciencia sucede igual que en los negocios: si
te la juegas y ganas, el beneficio es espectacular; el descubrimiento,
mayúsculo. Por esa razón, no deben temer al fracaso, no es algo
negativo, es un paso más hacia la solución del problema, no deben
desanimarse ante un fracaso. Que piensen que tener éxito haciendo lo
que hace todo el mundo resulta, al final, un no éxito. No se trata de
hacer mejor lo mismo que otros ya hacen, no, se trata de hacer otra
cosa. Nadie es el mejor sin arriesgar. Y lo importante no es ir a
clase, ni los exámenes, sino trabajar y pensar por sí mismos. Que
extraigan el conocimiento directamente de la observación del mundo, no
de lo que dicen otros. Aprender cosas de segunda mano ahoga la
creatividad y la originalidad.
¿Qué impacto tuvo el Nobel en su vida?
Enorme. Ya no trabajaba, en aquella época, y volví a cotizar a la seguridad social.
Stephen
Hawking afirmaba no hace mucho en este Magazine que cree en la vida
extraterrestre. Usted, que pasó años oyendo y viendo cómo le enviaban
mensajes, ¿qué piensa ahora de ello? ¿Existen?
Para
saberlo, tendríamos que salir a explorar mucho más lejos de lo que
hemos llegado hasta ahora, darnos unos paseos por lugares del espacio a
los que jamás hemos llegado. No hay nada claro al respecto. Todo son
profecías, elucubraciones, pero nos falta el trabajo de campo. Sin
trabajo de campo, no hay conocimiento científico. En los últimos 40
años, nos hemos limitado a pisar una vez la Luna, eso es un triste
balance. Yo creo que sí debe de haber elementos de vida en algún lugar
del espacio, pero de lo que no estoy tan seguro es de que se trate de
vida inteligente. Decirle que sí o negárselo no serían afirmaciones
racionales. Es un tema de probabilidad: según las matemáticas, no es
imposible que si usted sienta infinitos monos ante una máquina de
escribir un día uno no le escriba Hamlet.
